Pensé que ya de grande lograría controlar mis impulsos. Bueno, en gran medida lo he logrado porque he asumido responsabilidades y estoy rodeado de adultos, pero de eso un tiempo del día. Gracias a no sé quién, tengo otras actividades que me quitan el tiempo. Aún no caigo al mundo del trabajo y su yugo.
Pero sí a otro, al del mundo material objetivo y descarnado. El del consumo, ese que consume. Lo siento, pero es una debilidad. Comida, música, tecnología y hasta libros son mi debilidad. No puedo evitar revisar si lo que he pedido llegará luego, si salió algun adelanto tecnológico, o si en japón se creó el super chip que rejuvenece. No lo puedo detener. Enciendo el computador y de las primeras cosas que hago, revisar el mail. Como mucho quizá. Y ahí están, ofertas increíbles de paris, falabella, lemonde, jumbo, ¡de todo!
Es una maldición moderna o posmoderna, que me importa, pero está ahí. Ya ni siquiera se necesita de "haga click aquí", aparece y se impone. A diario y en los diarios, en el metro, en todo. Si hasta por comprar un departamento te regalan 1 millón de pesos en un mall, o sea, no quedan espacios para no sufrir y padecerla.
A mi me apetece comida, listo, llamo y a los 10 minutos están en tu puerta. Una mina, lo mismo, llamas y está ahí, un auto o una casa, un click. Me siento mal con mi espiritu solidario, otro click y eres socio del hogar de cristo. No tiene fin, una montañarusa con hartas vueltas y "loops" que te confunden, pero todo termina en un mismo acto, gastar. Saciar algo, una pulsión extraña, no sexual, no sólo sexual. Satisfacer el apetito de objetos. Y lo más trsite, que existen mil formas de créditos como el dinero plástico que atentan y desintegran, desarticulan los intereses porque ya no los hay. Al entrar al parque de diversiones no queda más que confundir y revolver el estómago de apariencias e imágenes. Que se vuelven necesidad y anhelo, de grupos y particulares. Es una telaraña que imprega a sus victimas sin que se den cuenta de que no hay vuelta atrás, vuelta fácil.

Pero sí a otro, al del mundo material objetivo y descarnado. El del consumo, ese que consume. Lo siento, pero es una debilidad. Comida, música, tecnología y hasta libros son mi debilidad. No puedo evitar revisar si lo que he pedido llegará luego, si salió algun adelanto tecnológico, o si en japón se creó el super chip que rejuvenece. No lo puedo detener. Enciendo el computador y de las primeras cosas que hago, revisar el mail. Como mucho quizá. Y ahí están, ofertas increíbles de paris, falabella, lemonde, jumbo, ¡de todo!

Es una maldición moderna o posmoderna, que me importa, pero está ahí. Ya ni siquiera se necesita de "haga click aquí", aparece y se impone. A diario y en los diarios, en el metro, en todo. Si hasta por comprar un departamento te regalan 1 millón de pesos en un mall, o sea, no quedan espacios para no sufrir y padecerla.
A mi me apetece comida, listo, llamo y a los 10 minutos están en tu puerta. Una mina, lo mismo, llamas y está ahí, un auto o una casa, un click. Me siento mal con mi espiritu solidario, otro click y eres socio del hogar de cristo. No tiene fin, una montañarusa con hartas vueltas y "loops" que te confunden, pero todo termina en un mismo acto, gastar. Saciar algo, una pulsión extraña, no sexual, no sólo sexual. Satisfacer el apetito de objetos. Y lo más trsite, que existen mil formas de créditos como el dinero plástico que atentan y desintegran, desarticulan los intereses porque ya no los hay. Al entrar al parque de diversiones no queda más que confundir y revolver el estómago de apariencias e imágenes. Que se vuelven necesidad y anhelo, de grupos y particulares. Es una telaraña que imprega a sus victimas sin que se den cuenta de que no hay vuelta atrás, vuelta fácil.

