
Aún cuando quisiera que todo fuese distinto y que despertar fuese con otras sensaciones, ya abrí los ojos y es el nuevo día –que se parece a todos los otros- el que me da la bienvenida.
Es el sonido del despertador el que puntualmente me invita a ducharme, secarme, vestirme, desayunar y salir al trabajo. Es su puntualidad la que impide, salvo en ese primer instante en que aún duermo y no despierto -donde deseo que todo no fuese como ya es-, cambiar muchas cosas que agotan mi espíritu.
Llego a la oficina. Saludo a mis compañeros. Antes, estaciono el auto con algo de dificultad y es que no me gusta manejar, de hecho, vivo a dos cuadras del metro y mi trabajo queda al lado de otra estación, parece que algo no va bien. Mecánicamente saludo al guardia, a las secretarias y a las distintas personas que me encuentro hasta que llego a mi área.
Acá la cosa es distinta, o sea, el trato. Me saludo afectuosamente con mi compañera, no sé bien si es porque me gusta, porque me conviene o por simple amistad. Esto último no lo creo mucho, pero no importa, el saludo es con un buen abrazo que dura unos segundos y me pone contento. Es que los días lunes son así, como no somos tan amigos y no nos juntamos casi nunca los fines de semana, se hace eterno –al menos a mí- la espera y poder vernos. Tampoco soy un extraño los fines de semana, si ambos nos tenemos en Messenger y Facebook, nos posteamos con cierta frecuencia pero prefiero esto. En realidad, no me gusta ni manejar, chatear o postear. Prefiero el contacto y el tacto, el olor.
Prendo el laptop y tengo veintiún mail en mi bandeja de entrada. No alcanzo a abrir el primero y suena el teléfono. Es un amigo. Me comenta que está mal, confundido por problemas sentimentales, no puedo ponerle mucha atención porque los veintiún mails están ahí en la pantalla del laptop y quiero saber qué dicen. Le digo que nos juntemos a almorzar.
Ya ha pasado una hora y llevo revisada la mitad de la bandeja. Pasa otra hora y sigo en la misma mitad. Algo, en serio, va mal. El tiempo pasa y vuelve, parece que está jugando conmigo.
Por fin reviso el último. Es sobre una reunión que tendremos hoy en el restaurant de siempre. Eso es típico los lunes, juntarnos los del área a almorzar y definir lo que vamos a hacer en la semana. A mi me gusta, es una actividad entretenida y nos sirve para conocernos y tener un mejor ambiente dede trabajo.
Leo la carta del restaurant. Al final no fuimos al de siempre. Los platos que aparecen son en base a carnes especiales con preparaciones agridulces y fusión. No tengo claro qué pedir. Le pregunto a José Joaquín, que está sentado a mi lado, qué va a pedir. Pido lo mismo.
La jefa nos pregunta sobre la impresión de este nuevo restaurant sin contarnos que es de su cuñada. Yo prefiero quedarme en silencio porque prefería el otro. Surge un pequeño conflicto porque uno de los del equipo dice que es un lugar frío y que la carta es muy especial, con platos alternativos, no como para almorzar por motivos de trabajo. Igual le encuentro razón, el otro lugar era con platos típicos chilenos y una buena variedad de cortes de carne. Era otra cosa. La jefa reacciona defendiendo el lugar y diciéndole a este compañero que no tiene ni la menor idea de lugares como este. Del plato que pedí, comí dos bocados.
Nuevamente en la oficina abro el laptop. Habían cinco nuevos mails. Abro el cajón y ahí había dejado el celular, sabía que lo había dejado ahí pero igual lo había buscado en el auto y en mi chaqueta. Tenía una llamada perdida, la de mi amigo.

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