Con las costillas bien marcadas y el espinazo pinchudo. Con un peculiar olor o hedor a calle, a frío y hambre. Con una mirada seca. Con un apetito feroz. Con sus cuatro patas enormes. Con su cola cortada que no para de bailar de alegría. Con una sus ladridos infernales por querer entrar y no estar ahí, afuera. Con sus ladridos infernales por querer entrar y no estar ahí, afuera (de nuevo).
Negro y atigrado, con una pintita blanca en el pecho. De unos ojos cafés que estremecen porque hablan y algo quieren decir. Llegó para quedarse por mucho tiempo. Es un integrante de la familia, integrante en el amplio sentido.
Se debora el alimento, bebe litros de agua y ¡COMO MEA Y CAGA! Es una máquina. Quizá por eso estaba abandonado en la calle, pero da igual, es nuestro.
